La caída del padre y la sociedad del «todo se puede»
Ángel D. Saavedra
Este artículo aborda la crisis contemporánea de la función paterna como transformación simbólica que afecta a la subjetividad, los vínculos familiares y el lazo social. Desde un diálogo entre el psicoanálisis y la Terapia Gestalt, se analiza el pasaje del padre autoritario al padre diluido, así como las consecuencias clínicas y educativas de la pérdida del límite, reforzada por discursos culturales y psicológicos basados en la omnipotencia y el mandato del goce.
Se plantea que la caída del padre no implica la desaparición de la función paterna, sino la necesidad de reformularla desde un lugar no patriarcal: como límite amoroso, orientación del deseo y sostén de la responsabilidad. Desde la clínica gestáltica, se propone recuperar el límite como experiencia relacional que emerge del contacto con la realidad y favorece la autorregulación, la tolerancia a la frustración y la maduración psíquica. Finalmente, se subraya el papel de la psicoterapia en la integración de una función paterna interna que permita construir sentido, comunidad y autonomía.
Introducción
Vivimos un tiempo en el que la figura del padre —como símbolo del límite, del orden, del amor condicional y del principio de realidad— parece estar en crisis. No se trata únicamente de un cambio en los roles familiares, sino de una transformación más profunda en el modo en que nos relacionamos con la autoridad, con la ley y con la realidad misma.
En la cultura del «todo se puede», la función del padre se desdibuja y, con ella, se tambalea el equilibrio que sostiene la estructura psíquica, la educación y el vínculo social. Parece que estamos presenciando un momento polar de la idea de padre: se pasa del padre «autoritario» propio de las sociedades patriarcales a un padre colega de sus hijos, cuya figura de autoridad y función de poner límites sanos quedan diluidas. Paralelamente, la psicología está siendo invadida por mensajes difundidos por creadores de contenido —sean o no psicólogos o terapeutas— del tipo «si lo creas, puedes» o «si quieres, lo vas a conseguir». Estos discursos infunden una idea de omnipotencia tanto en las personas adultas como en la infancia, haciendo creer que todo lo que se propongan puede lograrse por el mero hecho de desearlo, omitiendo el esfuerzo, la frustración y el trabajo sostenido que implica alcanzar cualquier objetivo real.
El padre como función simbólica
Freud (1923) describió cómo el padre cumple una función esencial: introducir la Ley que separa al niño de la fusión con la madre y le permite acceder al mundo simbólico.
La llamada «caída del padre» que vivimos en la actualidad puede entenderse, precisamente, como una crisis de esta función simbólica: la del padre como portador de la Ley, de orientación, de sentido y de transmisión del deseo.
Freud situó al padre como representante de la Ley y del Ideal; como aquel que separa al niño de la madre y ordena y orienta el deseo. Además de introducir la Ley, el padre se convierte en fuente de identificación y en vehículo de transmisión simbólica del deseo, permitiendo que el infante construya su yo, ocupe un lugar en su linaje y establezca una relación con el deseo más allá de la madre.
Podemos decir que Freud muestra, a través del mito de la horda primitiva —desarrollado en Tótem y tabú—, que es el padre, en un nivel simbólico, quien posee el goce y el poder. Tras su muerte simbólica —a manos de los hijos—, es elevado a tótem y transformado en un principio regulador y de identificación: el padre es idealizado e incorporado como modelo.
Hoy en día observamos cómo las figuras tradicionales de autoridad —padres, instituciones, Estado, escuela, personas mayores— han perdido legitimidad e incluso credibilidad. Ya no existe un Ideal del yo único, compartido o estable. Vivimos en una cultura plural, polarizada, cambiante y fragmentada. La Ley se ha vuelto difusa y relativa y, en muchos casos, desconocida, lo que deja a numerosos sujetos sin una referencia simbólica clara a la que aferrarse.
Esta situación se ve reforzada por los mensajes de una psicología de corte positivista que sostiene que una persona, por el mero hecho de serlo, puede alcanzar cualquier objetivo. Se omiten así la Ley, el límite y el esfuerzo, y el discurso social lo traduce en la consigna: «si quieres, puedes».
Posteriormente, Lacan (1957–1958) profundizó en esta cuestión al formular el concepto de «Nombre-del-Padre»: la instancia que encarna la prohibición, introduce la palabra que ordena el deseo y posibilita la constitución del sujeto.
Desde este marco, Lacan entiende el «Nombre-del-Padre» como el significante que organiza el mundo simbólico y estructura la subjetividad. El llamado «declive del Nombre-del-Padre» abre paso a una época de desorientación del deseo. El padre, a su vez, puede estar atravesado por una confusión interna respecto de su propio deseo, y comienzan entonces a proliferar sustitutos de la función paterna —influencers, ideologías, redes, consumo, pseudomaestros, drogas recreativas, entre otros—, no porque las personas no deseen, sino porque no saben a quién o a qué dirigir su deseo.
Desde la Gestalt, esta «caída» puede leerse no tanto como una tragedia, sino como una transformación del principio paterno. Lo que está cayendo no es la función esencial y necesaria, sino su forma patriarcal, autoritaria y vertical. Ya no resulta operativo el padre que manda, prohíbe o lo sabe todo. Se hace necesaria una nueva versión del padre, interno y externo: una figura que muestre el mundo sin adoctrinar, que ocupe su lugar en relación con el otro, que no trate al otro como objeto sino como sujeto, que pueda sostener sin dominar, orientar sin necesidad de saberlo todo y transmitir sentido de vida sin coartar la libertad.
El padre, en su dimensión simbólica, representa el «no todo se puede». En palabras de Claudio Naranjo (2008), el padre encarna el «amor condicional»: aquel que pone condiciones no de manera mercantilista, sino a través de límites ofrecidos de forma amorosa. Es la voz que recuerda que el deseo humano está atravesado por la falta, que el mundo tiene límites, y que esos límites son precisamente los que nos hacen humanos, y nos permiten crecer en un ambiente de seguridad. Desde que el individuo empieza a desarrollarse en el útero materno, encuentra sus primeros límites. El bebé se mueve en cualquier dirección y encuentra las paredes del útero a su alrededor, esto le permite crecer en un entorno seguro y con un desarrollo adecuado. Si todo va bien fuera, las paredes del útero nos transfieren un cuidado de contención, nuestro organismo sabe que esta contenido y protegido, y aprendemos que no podemos traspasar dichas paredes. Esto nos reconforta y nos permite crecer en un entorno seguro.
Cuando esta función del padre se debilita, el sujeto se queda sin referencias, atrapado en una ilusión de omnipotencia que impide la propia maduración. Sin el límite que organiza, la experiencia se vuelve caótica; sin la ley que orienta, el deseo se vuelve capricho. Se crece con una idea, de que todo se puede, de que no hay límites externos ni internos, y se puede caer en la ilusión de que podemos estar al margen o por encima de la ley. Y precisamente la ley es lo que nos regula a todos, la ley está por encima de todas las personas, proporcionando una contención y un amparo, ya que incluso está por encima del legislador. Es el marco en el que una sociedad puede descansar, cuando la ley está al servicio de los individuos, internamente nos regula y para nuestra idea de que podemos con todo. El neurótico viene con la creencia de que puede con todo y de que su deseo siempre lo va a poder satisfacer. Si esto además es potenciado por acción u omisión desde fuera, sobre todo por una figura o función paterna, que no lo regule, la persona no llevará bien los limites internos ni externos.
Del superyó al mandato del goce
La cultura contemporánea ha transformado profundamente la función del superyó. Ya no se presenta como una instancia que prohíbe, sino como una que ordena gozar: ser feliz, triunfar, poder con todo, reinventarse sin pausa. Es el mandato del éxito y de la autosuperación, que parece liberar, pero que en realidad encadena al sujeto a una exigencia imposible. Presenciamos cómo nuestra sociedad, y especialmente las nuevas generaciones, viven bajo el imperativo del «si quieres, puedes».
Esto se convierte en una esclavitud al logro, al éxito y a la idea de que todo está a nuestro alcance, construyendo personalidades aparentemente empoderadas, pero frágiles y con una marcada incapacidad para tolerar la frustración cuando no consiguen aquello que se proponen, como si pudieran pasar por encima de la vida misma.
En este contexto, el límite —lo que antes provenía del padre o de la función paterna—, se vuelve sospechoso. Decir «no» hoy en día se confunde con reprimir; poner normas parece autoritario, y sostener un límite es interpretado como «no me quieres». Creemos que, de este modo, evitamos el sufrimiento, salvándolos de la caída, pero al mismo tiempo les robamos la posibilidad de aprender y de equivocarse.
Existe un desprecio creciente por el error, por fallar, sin tener en cuenta que el cerebro del niño aprende tanto de los aciertos como de los errores. Probablemente, los errores nos ayudan en mayor medida a reformularnos: el cerebro queda moldeado por ellos para no repetirlos, convirtiéndose en una fuente fundamental de aprendizaje. Si evitamos estos procesos, estamos impidiendo que el infante construya sus propios recursos para seguir explorando alternativas y desarrollar nuevas capacidades.

En la práctica clínica observamos que cada vez llegan más familias demandando atención para sus hijos a edades más tempranas. ¿Qué está pasando? Atender a menores de cuatro o cinco años —o incluso antes—, en la mayoría de los casos, tiene más que ver con atender a los padres o al sistema familiar que con el niño en sí. En muchas de estas intervenciones aparece una dificultad clara para establecer límites, para delimitar dónde empiezan los padres y dónde terminan los hijos e hijas.
Son padres que, en un intento de reparar lo que les faltó en su propia historia, tratan de compensarlo en sus hijos desde un lugar poco claro, sin suelo ni sostén. Desde un posicionamiento marcado por la evitación de la frustración, por el darlo todo, por colocar al infante en el centro permanente de la vida familiar, convirtiéndolo en fuente de deseo o, como algunas personas llegan a verbalizar, incluso en su «maestro».
La función de los padres no es darles a los hijos la vida resuelta, ni proporcionarles un móvil con inteligencia artificial para que busquen soluciones a lo que les ocurre, sino ofrecerles herramientas para que puedan levantarse cuando se equivoquen. Y esto pasa necesariamente por tener claros los límites: hasta dónde pueden y hasta dónde no. Así, casi sin darnos cuenta, hemos creado generaciones de niños que no toleran la frustración, que reprenden a sus padres, cuestionan a sus profesores y crecen sin amor admirativo: sin la experiencia de mirar hacia arriba y reconocer algo mayor que uno mismo.
El psiquiatra y sociólogo italiano Paolo Crepet sostiene que «estamos ante la peor generación de padres de la historia; hacen cosas de completos idiotas», en la medida en que tienden a criar a sus hijos desde la sobreprotección, la hipertrofia tecnológica y la pérdida progresiva de autonomía. Según Crepet, muchos padres se preocupan más por evitar cualquier frustración que por preparar a sus hijos para la vida real, donde no siempre se puede ganar, ni conseguir todo lo que se desea, ni todo el mundo dispone de las mismas capacidades o condiciones para lograrlo.
Este modelo educativo produce adultos inmaduros, con dificultades para pensar de forma independiente y para tomar decisiones propias. A ello se suma, advierte el autor, la influencia masiva de las redes sociales y la búsqueda constante de soluciones rápidas, que están generando una cultura superficial y empobrecida, dejando a muchos jóvenes sin recursos emocionales sólidos para desarrollarse y sostenerse en el mundo. Un mundo dominado por la inmediatez, por la exigencia de satisfacción constante y por mensajes —incluso procedentes del ámbito de la psicología, la psicoterapia y el crecimiento personal— que nos bombardean con consignas, a menudo de corte narcisista, del tipo «querer es poder».
No es difícil observar estadios y palacios de congresos llenos de personas que, más que realizar un trabajo terapéutico profundo consigo mismas, buscan que alguien les confirme que todo su potencial está ya en su interior, que basta con imaginarlo para conseguirlo, y que los límites solo existen para ser transgredidos.
Comparto la idea de este autor cuando afirma que muchos padres «están más preocupados por entretener a sus hijos que por educarlos». Basta observar cómo a esta dinámica contribuyen también los planes de estudio, cada vez más superficiales, menos rigurosos y más livianos, donde disciplinas como la historia, la filosofía o la dialéctica han sido relegadas o reducidas a contenidos mínimos.
Y aunque pudiera parecer que estamos dando paso a una era del goce o del disfrute —como si el cerebro instintivo, reprimido durante siglos, se hubiera liberado por fin—, nada más lejos de la realidad. Lo que estamos construyendo es la ilusión de que disfrutar y alcanzar el goce implica «matar» al padre, prescindir de los límites que nos ayudan a crecer y a ordenar la experiencia, a discernir qué corresponde a cada momento.
Esos límites no solo organizan la vida psíquica y social, sino que nos transmiten la fuerza de la contención, el valor del esfuerzo, el respeto por los procesos y la capacidad de sostener la espera. No es el deseo inmediato lo que nos realiza, sino el trabajo por alcanzar algo, el compromiso con el proceso y la experiencia de haberlo logrado. Es ahí donde se abre un disfrute más profundo y donde se posibilita un verdadero crecimiento como personas adultas.
Podemos concluir que la caída del padre, cuando no se sustituye por una nueva función simbólica madura, puede generar:
• Dificultad para sostener límites (propios o ajenos)
• Pérdida de referentes o modelos de vida.
• Miedo a la autoridad (interna o externa)
• Infantilización emocional o dependencia del grupo,
• Crisis vital y de sentido de vida.
El papel de la psicoterapia y la trampa del «si quieres, puedes»
Como terapeutas, también formamos parte de este movimiento cultural. Como decía desde algunos discursos de la autoayuda y de la psicología positiva, hemos contribuido a reforzar la idea de que todo se puede lograr si uno se lo propone. Pero esta visión, aunque motivadora en apariencia, puede resultar profundamente dañina para la psique de nuestros pacientes o clientes, incluso la destrucción del yo.
Cuando olvidamos la realidad del límite, fomentamos una subjetividad frágil: personas que se desmoronan ante la frustración, que viven la imperfección como un fracaso personal, que se exigen poderlo todo y no soportan la falta. Que imaginan una vida feliz y completa en las redes, que venden y muestran cada instante vivido para compararse con un ideal que se hace viral en tik tok o Instagram, con personas que lo tienen todo y todo lo hacen fácilmente, con millones de likes y seguidores.
La psicoterapia gestáltica, nos invita a un camino distinto: el de la autorregulación organísmica, donde el límite no se impone desde fuera, sino que emerge como parte natural del contacto con la realidad, con la experiencia y con el self (Perls, 1951) Acompañar a alguien en su crecimiento no es hacerle creer que todo es posible, sino ayudarle a descubrir qué es realmente posible para él/ella, en su aquí y ahora, con sus recursos, su historia y su contexto. Es acompañarla a tomar su propia responsabilidad en la vida. Es una terapia contextual, (Saavedra, 2024) ya que estamos mirando la figura y el fondo, de una manera realista, y fomentando no solo el goce de hacer lo que «me da la gana», sino contribuyendo a un equilibrio de los tres amores o tres funciones de nuestro celebro: instintivo, maternal y paterno . Es decir, tres tipos de amores el erótico o del goce, el incondicional y el condicional (Saavedra, 2023).

En muchos procesos terapéuticos vemos cómo las personas buscan reconciliarse con esa función, encontrar dentro de sí la capacidad de sostener, decidir, poner límites, orientar su deseo… En términos gestálticos, diríamos que se trata de integrar la polaridad paterna: no como poder «sobre0187, sino como poder «para».
Recuperar la función del límite
La caída del padre no tiene por qué ser el fin del orden, sino una oportunidad para reformular la función del límite desde otro lugar: no desde el autoritarismo, ni el agonizante patriarcado, sino desde el sostén, el límite amoroso que construya seres equilibrados y comunidades de apoyo, como nombra Martin Buber (Buber, 1923), «Comunidades de Amor», que puedan sostener a los individuos en una relación Yo- Tú, en la idea de la finitud o incompletud del ser humano como cierta para la autorreflexión, donde el límite está sostenido en su conjunto por la comunidad desde esta mirada amorosa que construye, nos alimenta y nos hace crecer con auto-sostén.
Al mismo tiempo, esta caída abre un espacio de creatividad y de responsabilidad. Ya no hay un padre que dicte la norma; ahora somos nosotros quienes debemos encontrar la ley interna, esa brújula que orienta desde la autenticidad, la responsabilidad y la conciencia. La caída del padre no es solo un derrumbe, sino una mutación simbólica: deja de ser la figura del poder vertical para transformarse en una función que sostiene la autonomía y el sentido compartido.
Podríamos decir que la tarea contemporánea es pasar de obedecer al padre a encarnar al padre interno: aquel que sabe sostener el propio deseo, decir no cuando es necesario y construir sentido junto a los otros, en comunidad. En este punto resulta especialmente pertinente la noción de comunidad de «amor» desarrollada por Martin Buber ya en 1923.

Cuando puedo abrirme al otro no como un objeto del que obtener la consecución de mi propio deseo, sino cuando lo reconozco como un ser en sí mismo, y el encuentro se da desde la singularidad de ambos, se hace posible una relación auténtica en comunidad.
Estas comunidades se sostienen en una presencia viva y directa, donde las personas respetan sus propios valores y los de las demás, reconociendo los límites que hacen posible la convivencia. Límites que no operan desde la imposición, sino desde la comunicación, el diálogo y el respeto mutuo. En este sentido, la función paterna ayuda a sentirnos seres diferenciados, cada uno con su propio deseo, y a la vez capaces de reconocer y admirar un «centro» mayor: una realidad compartida a la que los miembros se abren.
Esto favorece una forma de relación en la que muchas personas se vinculan entre sí y, al mismo tiempo, con ese centro común, donde cada una suma desde su singularidad y es respetada. Se trata de comunidades que proponen una pertenencia basada en la elección y la libertad, no en valores tradicionales ligados al parentesco o a la consanguinidad, sino en una elección afectiva consciente que reconoce la pluralidad.
Es decir, vivir lo común sin perder lo propio. Para ello es necesario que los individuos hayan desarrollado una cierta madurez y puedan sostener tanto la función paterna como la materna en sí mismos. Una comunidad no garantiza que todo se vaya a conseguir, pero sí puede ofrecer una estructura flexible en la que crecer: un espacio donde pertenecer, aportar y recibir libremente, sin quedar atrapados en sistemas rígidos o autoritarios, sino sostenidos por el respeto, la admiración y el amor.
Psicólogo General Sanitario (Nº Colg. AO—07174), especialista en Clínica. Fundador y Director de Lamar —Escuela de Psicoterapia Gestalt de Malaga (2002). Psicoterapeuta Gestáltico y de FEAP. Miembro Titular, Didacta y Supervisor (AETG y FEAP). Responsable de formación de LAMAR. Vocal de Psicología Humanista del COPAO (Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Oriental). Presidente de la AETG (2019/2025).



