Una mirada gestáltica al duelo por ruptura de pareja
Marta O’ Kelly (con la colaboración de Leyre Monreal)
La ruptura de una pareja pone en marcha una etapa, más o menos extensa, en la que se movilizan un sinfín de emociones generalmente ambivalentes. Estas emociones tienen que ver no solo con el duelo por la disolución del vínculo amoroso, sino también con la sensación de vacío o crisis de autoconcepto que experimenta la persona al afrontar este tipo de pérdida. En este artículo se presentan algunas características que definen el duelo por la ruptura de pareja y lo diferencian de otros tipos de duelo, y se delinean los aspectos principales del enfoque de acompañamiento gestáltico por la pérdida de la pareja.
Introducción
El duelo es una experiencia vital dolorosa por la que en algún momento de nuestra vida todas las personas transitamos. Y, de hecho, como seres humanos, estamos más familiarizados de lo que creemos con los procesos de pérdida, pues continuamente estamos viviendo despedidas y atravesando duelos (Nevado y González, 2018).
La palabra duelo proviene del latín dolus («dolor») y duellum («batalla, desafío»). Aparece como una respuesta natural ante la pérdida o separación de un ser querido y permite a la persona reaccionar y adaptarse psicológicamente a la nueva situación. La manera de realizar el duelo depende de los recursos y el estilo de afrontamiento de cada persona (López García de Madinabeitia, 2010), pero, en general, se vive como un periodo de aflicción, dolor y diversa sintomatología a nivel físico, emocional, cognitivo y conductual (Berenguer-Pérez et al., 2018). Según Worden (1997), la mayor o menor dificultad de la persona para resolver el proceso de duelo está determinada por una serie de factores que pueden complicarlo y de los cuales cabe destacar la intensidad y ambivalencia en la relación, los conflictos, el tipo de ruptura (esperada, inesperada, traumática, amistosa, conflictiva, etc.), los antecedentes de la persona, las variables de personalidad y sociales y la coexistencia con otras crisis simultáneas.

Asimismo, desde la teoría del apego de Bowlby (1986, citado en Payás, 2010) se han encontrado evidencias relevantes sobre la influencia del tipo de apego en el afrontamiento del duelo. El apego ansioso es un posible predictor de complicaciones en la elaboración del duelo o en el desarrollo de duelo crónico, porque la pérdida es vivida con gran ansiedad, ira y dolor, y hay mucha dificultad para aceptarla. En cambio, en el apego inseguro evitativo, la persona tiende a inhibir el dolor y la tristeza, minimizando la importancia de la pérdida y ocultando el malestar, por lo que el riesgo es más bien el poder desarrollar un tipo de duelo inhibido (Berenguer, Barreto y Pérez, 2018).
En los casos en que la elaboración del duelo se complica, es usual solicitar algún tipo de acompañamiento terapéutico. En cualquier caso, sea cual sea el tiempo, la manera y los recursos que la persona necesite para poder afrontar la pérdida, el proceso de duelo tiene «efectos constructivos para aquellos/as que lo padecen, pues una vez superado, permite generar nuevos significados que favorecen tanto el crecimiento como el afrontamiento de nuevos retos con mayor seguridad» (citado en Sánchez y Martínez, 2014, p. 1333).
Especificidades del duelo por ruptura de la pareja
A diferencia de la vasta atención que recibe el duelo por la muerte de un familiar en la literatura, aquel que se produce ante la separación de pareja recibe menos atención en los documentos que abordan los aspectos esenciales relacionados con las pérdidas afectivas. A esto se suma que la investigación científica específica sobre este tipo duelo no es muy abundante y que el análisis y la aplicación de los diversos modelos de acompañamiento o tratamiento del duelo están generalmente enfocados a superar la muerte de un ser querido. Raramente encontramos autores que dediquen una mirada concreta al duelo por separación o divorcio.

Sin embargo, la realidad nos muestra que las personas enfrentan de manera cada vez más frecuente el cambio de pareja, la pérdida de la relación amorosa y sucesivos procesos de duelo. Y si bien el duelo de pareja guarda muchas similitudes con el que se produce ante la muerte de un ser querido, también tiene sus particularidades.
En cuanto a intensidad del proceso emocional, ambos fenómenos son bastante similares, pero, en muchas ocasiones, el duelo por ruptura de pareja resulta más complicado de elaborar que el duelo por muerte (Pereira, 2002). Algunos estudios, de hecho, han concluido que la duración del duelo en el caso de pérdida del cónyuge por muerte es de unos 18 meses, mientras que en el caso de divorcio se eleva a entre dos y cuatro años (Pereira, 2002).
Uno de los motivos que explican esta circunstancia tiene que ver con el hecho de que, mientras la muerte de nuestra pareja es irreversible y esa persona desaparece físicamente, en las rupturas amorosas no ocurre así. Es probable que haya que seguir manteniendo contacto con la expareja por hijos o bienes en común, o que este se busque simplemente por la necesidad de volver a ver a esa persona, lo cual puede tener varios efectos posibles: reavivar el dolor y las emociones negativas, o alimentar la fantasía de reversibilidad (Ibidem, 2002). Otro motivo relacionado con esto tiene que ver con la ambivalencia con la que se suelen vivir este tipo de rupturas, donde coexisten tanto la necesidad de romper la relación con la de mantenerla, lo cual dificulta el proceso de cierre.
Por otro lado, una separación conlleva siempre la necesidad de dividir una vida que antes era común, hecho que puede implicar otras pérdidas colaterales (familia política, amistades, hijos/as). Además, las dos partes de la relación están expuestas a que una de las personas o incluso ambas puedan rehacer su vida con otra persona, lo cual también conlleva implicaciones emocionales específicas en este tipo de duelo. Como señala Yárnoz y Comino (2012), a propósito de las diferencias entre el duelo por viudedad o por separación:
A diferencia de la viudedad, el divorcio es un proceso voluntario, plagado de sentimientos ambivalentes. La omnipresencia del conflicto en un divorcio no solo es consecuencia del choque de intereses y de las múltiples batallas materiales que se libran en torno a él —económicas, custodia de los hijos, objetos concretos, etc.—, sino también de la respuesta psicológica al sentirse dolido, humillado o avergonzado por el divorcio y su valor simbólico. Reencontrar significado a la desintegración de la pareja, perdonar a la expareja (o perdonarse a sí mismo) por el fallo en el mantenimiento de la relación, constituye una labor más a añadir al, ya de por sí complicado, proceso de duelo que supone un divorcio. (p. 51)
Según estas autoras, salvo excepciones como el suicidio o la muerte causada por el superviviente, los sentimientos de culpa son más volátiles en el caso del duelo por muerte y más persistentes en el caso de separación o divorcio, lo cual prolonga la duración del proceso de cierre en el caso de este último tipo de pérdidas.
Otro aspecto que diferencia el duelo por separación del duelo por muerte es la ausencia de ritos sociales y culturales que puedan ayudar a realizar la despedida de la relación pareja (Pereira, 2002). Mientras la unión amorosa se celebra, en nuestra cultura no contamos con ritos comunitarios para pérdidas como el divorcio o la ruptura de la relación de pareja y, además, a diferencia de lo que sucede en el caso de un fallecimiento, «quienes las sufren se quedan sin el apoyo de los rituales que podrían dar forma y legitimidad a su duelo, facilitando su resolución» (Niemeyer, 2002, p. 107).
A estos aspectos ya nombrados podemos añadir que el duelo por ruptura de pareja conlleva efectos menos tangibles que tienen que ver con las emociones y sentimientos que se movilizan en ambas partes de la pareja (culpa, ira, frustración), y con la pérdida de la definición que la persona tiene de sí misma. En palabras de Neimeyer (2002), esto ocurre porque tras la separación, dejamos de definirnos como miembros de una pareja, como alguien que «pertenece» a alguien, y pasamos a definirnos como personas independientes. (…) Esta transición no sólo requiere un cambio significativo en la propia visión de uno mismo, (…) también hace necesario que las personas que forman parte de nuestro mundo social asuman este cambio. Todo esto puede ser un proceso devastador si tenemos en cuenta el hecho de que las rupturas raramente son «limpias», lo cual suele complicar aún más la transición. (p. 54)
Las heridas provocadas por una separación pueden tocar aspectos tan profundos de las personas que muchas no se imaginan a sí mismas confiando de nuevo en alguien tras la vivencia de una ruptura muy trumática o decepcionante.
En este sentido, vivir un proceso de duelo consciente y cerrar la relación es clave para continuar adelante con confianza y apertura a nuevas relaciones. Por ejemplo, una mujer a la que acompañé en su proceso de duelo y entrevisté sobre su experiencia, me lo expresó con estas palabras:
Llevaba mucho tiempo intentando cerrar esa relación, me di cuenta de que esa relación me impedía querer a ninguna otra persona, tener otra relación de pareja. Lo que había hecho era intentar enterrar aquella experiencia poniendo capas de hormigón encima de mis sentimientos y de lo que había ocurrido, y el taller fue la forma de acabar, de que aquello aflorase y poderlo resolver (L. C., Comunicación personal, 4 de diciembre de 2019, citado en O’ Kelly M., 2020).
Si, además, hay hijos en común…
La necesidad de elaborar el duelo por la ruptura de una relación de pareja es especialmente relevante en el caso de parejas con hijos, fundamentalmente para evitar que estos acaben cargando con los problemas de los padres.
Datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (2024) muestran que en 2023 se produjeron 80.065 casos de separación y divorcio, lo que supuso una disminución del 5,3 % respecto al año anterior y una tasa de 1,7 por cada 1.000 habitantes. La custodia compartida fue otorgada en el 48,4 % de los casos de divorcio de parejas con hijos, 2,9 puntos más que el año anterior. De acuerdo con Migdyrai (2010), se deben tener en cuenta a los hijos como participantes de una situación que siempre va a implicar sentimientos de tristeza, al perder la vida junto a los padres en unidad y tener que vivir diversos cambios a nivel de estructura familiar.
Además de servir para favorecer la presencia y capacidad de los progenitores para acompañar a sus hijos e hijas en el proceso de aceptación de la separación, la elaboración del duelo de la relación anterior resulta primordial para el buen funcionamiento de las parejas reconstituidas. Un estudio de Galatsopoulou, Sánchez y Pérez-Cárceles (2018) muestra que, en un elevado porcentaje de familias reconstituidas, el adulto que se encuentra en una nueva relación de pareja no ha asimilado todavía la pérdida de la pareja anterior y no se ha desvinculado adecuadamente de ella. Esta falta de elaboración del duelo mantiene activo el conflicto con la expareja, afectando a la solidez de la nueva relación y teniendo como consecuencia una coparentalidad biológica conflictiva por parte de los progenitores.
Acompañamiento del duelo por la ruptura de una relación desde un enfoque gestáltico
Tan importante es la manera en que empieza una relación como la forma en que acaba. Por ello, uno de los fines del acompañamiento en procesos de duelo tras una ruptura de pareja es facilitar un cierre consciente donde la persona pueda manifestar su dolor y su enfado, así como reconocer el daño que hizo a la otra persona, para poder perdonarse, recuperar y agradecer lo que recibió, decir adiós en paz, y recuperar el aprendizaje que se puede llevar de esa relación para ponerlo al servicio de nuevas y futuras relaciones.
El duelo desde la mirada gestáltica
Dentro de los enfoques humanistas, la Terapia Gestalt conceptualiza la pérdida como un desequilibrio en la autorregulación del campo organismo-entorno, y el duelo como el camino hacia la restauración de dicho equilibrio a través de varias fases: negación y aislamiento, regateo y ritual, ira, tristeza y aceptación (Vázquez, 2020). Cuando la vida nos arrebata a un ser querido, sea por fallecimiento o por una ruptura de pareja, se produce una situación de privación, frustración, y desequilibrio personal, que, si no es posible transitar, puede quedar enquistada en forma de una situación inconclusa que tarde o temprano reaparece para ser resuelta.
Como señalan Greenberg y cols. (1996), los asuntos que no se han cerrado con una persona significativa se almacenan como recuerdos esquemáticos emocionales que se activan en determinadas situaciones, por ejemplo, cuando la persona imagina o piensa en esa persona (Greenberg et al., 1996). Por ello, el acompañamiento psicoterapéutico gestáltico en el proceso de duelo está enfocado a evitar que esa Gestalt quede en el fondo, inconclusa, y a que la persona cierre la relación para seguir adelante con su vida de forma plena (Vázquez, 2020).
Hay muchas formas de trabajar el duelo dentro de la perspectiva gestáltica, pero, en general, en este y otros enfoques se admite que la despedida consciente es un aspecto clave para la resolución de este, en tanto que permite que la persona pueda poner fin internamente a la relación emocional, separarse y cerrar (Greenberg et al., 1996). Poder conectar, sentir y expresar el pesar del daño recibido del otro y provocado al otro, y poder estar con ello sin juicio, facilita que la persona doliente pueda asumir la libertad, la responsabilidad y la posibilidad de aceptar perdonar al otro y perdonarse a uno mismo (Gabriel, 2015; Odriozola, 1999; Yonteff, 2005).
Como terapeutas, nosotros podemos aportar acompañamiento a las personas que necesiten un otro con quien elaborar su duelo por la finalización de la relación de pareja. Al principio, la persona que vive la ruptura cuenta con el apoyo social de amigos y familiares, pero si pasados unos meses no se supera la situación, pueden recibir juicios del estilo «no le des más vueltas y pasa página», «si tenía que acabar, mejor cuanto antes», «tienes que seguir adelante» o «el/ella ya está en otra cosa». De esta forma, la persona doliente siente que si habla de lo que le ocurre, molesta a los demás, y comienza a aislarse, a la par que se enjuicia más a sí misma por no ser capaz de superar la pérdida. En esos casos se genera bastante reproche interno por no poder avanzar, lo cual al mismo tiempo ralentiza la posibilidad de superar el duelo. Así lo expresaba una mujer a la que acompañé en su proceso:
Había otras personas trabajando la muerte de personas queridas y me dio vergüenza, pensé que la gente se iba reír de mí, que me iban a decir ¿para esto has venido?, pues chica, pasa página y aprende. Y no fue así, a ellos les pareció dura también mi situación y les tocó también mi trabajo y de eso aprendí que lo que me pasa también es importante (M. N., Comunicación pPersonal, 7 de diciembre de 2019, citado en O’ Kelly M., 2020).
Otra mujer a la que acompañé en una ruptura inesperada de su relación de pareja también compartía cómo se exigía pasar página, muy alentada por su entorno, y se autoenjuiciaba negativamente por no poder hacerlo y seguir deseando que la otra persona volviera, aunque hubiera pasado ya un tiempo. En estos casos, es preciso integrar estas dos partes para que la persona pueda aceptar y respetar su propio ritmo interno.
Trabajar las emociones no integradas y los asuntos inconclusos
Dentro de las emociones que se movilizan más frecuentemente en los casos de ruptura de pareja, encontramos fundamentalmente el resentimiento y la culpa, ambas manifestaciones de la existencia de un asunto no resuelto (Greenberg et al. 1996). Como sostiene Payás (2010), «la agresividad y el enfado no dejan de ser una expresión de afecto frustrada» (p. 252), por lo que generalmente están presentes en cualquier ruptura. Poder expresar, validar e integrar estos sentimientos es necesario para que la persona pueda ponerse en contacto con otros aspectos de la relación. Una mujer a la que acompañé en su proceso lo manifestaba así:
La parte de trabajo con el enfado para mí fue muy importante, porque soy una persona a la que le cuesta muchísimo sacarlo. Poderlo sacar así, con todas las letras, fue muy sanador, muy liberador, lo necesitaba muchísimo. Para mí sacar el enfado como tal fue salud, y una vez que salió, ya está, hasta luego, no me quedé enganchada tampoco en eso (C. M., Comunicación personal, 8 de diciembre de 2019, citado en O’ Kelly M., 2020).
En cuanto a la culpa, habrá que prestar atención a los sentimientos de haber hecho algo a la persona querida que va en contra de los valores propios de la persona doliente, y habrá que confrontar aquella culpa que únicamente sirve para que la persona se infrinja un autocastigo por lo que hizo mal, sin atreverse a contactar realmente con las consecuencias que sus actos tuvieron para el otro.
La culpa profunda muchas veces no es reconocida por la persona en primera instancia; sin embargo, en mi experiencia, siempre está presente, aunque pueda resultar difícil identificarla. El trabajo del duelo conlleva, en cierta forma, la posibilidad de transformar la culpa en responsabilidad, entendida en Gestalt como la capacidad de decidir sobre nuestra vida, nuestras acciones y lo que somos, ya sea que lo aceptemos conscientemente o no. En este sentido, es fundamental que la persona doliente pueda asumir los actos agresivos realizados contra la pareja: los olvidos, las faltas de aprecio, la ausencia, entre otros.

En definitiva, y con salvedades por supuesto, la aceptación del fin de una relación de pareja pasa por asumir también que se ha podido hacer daño a la persona que se amaba, ya sea de forma consciente o inconsciente. Abandonar la defensa del sentimiento de culpabilidad es pasar de la culpa neurótica a la culpa sana donde realmente podemos mirar nuestra parte de responsabilidad y dejar de estar únicamente en la parte agraviada (Gabriel, 2015). Una mujer de 40 años comentaba a propósito de esto que para ella fue un aspecto sumamente revelador de su proceso de duelo:
Para mí fue un antes y un después. Me había quedado enganchada en ciertas cosas con él y el trabajo fue como dar luz a todo, también a mi parte, la que hacía u omitía, pero que estaba ahí. Todo el foco de la culpa era sobre él y ver la relación en global me sirvió mucho. Y ver mi parte, claro (C. M., Comunicación personal, 8 de diciembre de 2019, citado en O’ Kelly, M. 2020).
La culminación del proceso
Como se comentaba anteriormente, distintos enfoques y maneras de abordar el duelo en Gestalt suelen considerar que, además de trabajar las emociones presentes, el siguiente paso a abordar es el de la despedida. Este es un aspecto que refuerza el compromiso de la persona con su necesidad de elaborar el duelo, y también constituye un espacio específico para decir adiós a la expareja.
Contactar con el agradecimiento permite a la persona darse cuenta de que hubo algo más que decepción y dolor, así como recoger todo lo recibido durante la relación. De esta manera, se logra conectar con el amor y el aprecio que se ha sentido hacia la otra persona y se pasa a tener una vivencia más integrada de la relación, con una mirada más comprensiva y compasiva que permite mantener los límites y cerrar el capítulo. Una de las personas que he acompañado en su proceso de duelo comentaba a este respecto:
Con el trabajo grupal de duelo encontré paz interior, aunque él siga en su dinámica. La paz que faltaba en mi vida me lo aportó eso, pude hacer un cierre. Ahora sé que tengo ese recurso, este lugar de paz para mí siempre está ahí, se me mostró un universo nuevo para mí, y a mí me ha sanado sobre todo a nivel de salud, porque me hacía mucho daño. Estaba enganchada, y fue una liberación (C. M., Comunicación personal, 8 de diciembre de 2019, citado en O’ Kelly M., 2020).
En general, cuando una persona realiza el duelo implicándose por entero en cada etapa del proceso, suele llegar a completar el círculo y a sentir que realmente ha cerrado y se ha despedido de la expareja. Sin embargo, siempre hay casos en los que llegar a este punto es mucho más complicado, sobre todo en aquellas situaciones en las que la persona no quiere terminar de soltar para mantener las ganancias secundarias, o cuando la pérdida es reciente o ha sido repentina, inesperada, y, por tanto, muy difícil de asimilar. En aquellas experiencias en que el daño recibido o infligido sea demasiado grande, la reparación también será más difícil de alcanzar.


Psicóloga general sanitaria col. M-35855 y Terapeuta Gestalt. Dirige en la actualidad el Centro ELEUSIS de Orientación, Psicoterapia y Formación Gestalt y la Escuela de Formación en Terapia Gestalt ELEUSIS. Especializada en acompañamiento en el duelo a través del proceso M.A.R. Es miembro titular de la Asociación Española de Terapia Gestalt con su tesina sobre el duelo por ruptura de pareja. Docente colaboradora en otras escuelas de la AETG. Formada en Terapia sensoriomotriz para el tratamiento del trauma. Instructora de movimiento expresivo, terapia psicocorporal y transpersonal. Axioterapeuta. Formada en Eneagrama de la personalidad. Licenciada en Derecho.
Psicóloga general sanitaria col. M-36534 y Terapeuta Gestalt. Actualmente colaboradora en el Centro ELEUSIS de Orientación, Psicoterapia y Formación Gestalt y la Escuela de Formación en Terapia Gestalt ELEUSIS. Miembro adherente de la AETG. Especializada en trauma, acompañamiento en procesos de duelo y tipología del carácter.



