© Montse Espinal


Escribo desde lo que siento, desde lo que vivo, desde lo que anhelo. Y este post se dirige a todos los Gusiluz que están en transformación, y a los que andamos a su vera. Con respeto, amor y mucho cuidado, dolor, tristeza y miedo, emociones que todos los Gusiluz y sus acompañantes viven, vivimos, cada día. Con permiso, espero no ofender a nadie.

Hoy fui a ver a Gusiluz, mientras jugaba con sus deditos fosforescentes, me alumbraba el camino y sonreía.

Hoy fui a abrazar a Gusiluz, despacito, suavecito, está tan delicado que temo romperlo.

Me habla de su mundo pequeñito, eso es lo que dice él.

De sus paseos, de su suavidad al moverse, de la forma en la que para el ruido de su cabeza, de cómo busca alternativas para vivir en este nuevo formato que la vida le ha traído.

Cuando traga saliva, hace un gesto de dolor. Es lo que tiene la transformación. A Gusiluz le están saliendo lucecitas nuevas en la boca, llaguitas diría yo, le cuesta masticar y tragar un poco, y entonces Gusiluz lo pasa por alto y sigue hablando de su mundo chiquito.

Su primera mirada es de pura vida: las chispas saltan de sus pupilas agarrando la vida, desprende fogonazos de energía, ternura, confianza y entrega.

Su segunda mirada, esa que se queda detrás de las pupilas, habla de miedo, de dolor y oscuridad por momentos.

Y mientras, con la primera mirada, se pierde en la segunda.

Y en ese ir y venir de sus miradas, me deja darle la mano y las saltamos juntos a la comba, a veces con una sonrisa, y otras con una lágrima.

La cabecita de Gusiluz también anda transformándose, como no podía ser de otra forma, en bombilla.

Divertido, con esa diversión sarcástica, suave y dolorosa a la vez, cuenta sus cabellos que andan cayéndose a manojitos, y le es mucho más fácil.

Gusiluz, como es tan respetuoso cuando sale a la calle, va buscando los lugares sin sol, no quiere molestar al astro rey ni competir con él.

Los dos alumbráis bonito, le digo yo, pero cada uno con una luz diferente… Una que ahora le abrasa y la suya que siempre acaricia…

De las bombillas oscuras que anidan en su interior, Gusiluz no quiere ni hablar, ¿qué es una bombilla sin luz?

Nada.

Todo su cuerpecito brilla con más fuerza si cabe, reparando un poco la impotencia. Digiriéndola, aceptando todos los cambios que andan produciéndose en su cuerpo.

Sabe que es el único camino que hay para conseguir eliminarlas.

Encenderlas y apagarlas…

A veces se va de viaje y me paso días sin verlo, él me dice que va a una casa muy grande donde hay muchos Gusiluz como él y que pasea por largos pasillos donde todos van vestidos igual, de azul, que allí, enchufados en bombillas trasparentes y con cables de colores, los recargan para, de esta forma, seguir alumbrando…

¡Y a mí que se me escapa una lágrima de tanta ternura!

A veces le sale la nostalgia de ser como su padre, El Faro del Madison Square Garden, y sus lucecitas empiezan a parpadear todas al unísono. La tristeza es lo que tiene…

Y en esas que saca su corazoncito, lo coloca encima de la mesa y le da besitos, o lo acaricia con suavidad, su corazón vuelve a brillar de un rojo intenso.

© Montse Espinal

Es lo que tiene darse amor, él sabe que es el único antídoto contra el dolor.

Hay días más oscuros que otros, son esos días en que a Gusiluz le hacen revisión de sus lucecitas. Días en los que él se apaga porque sus lucecitas están bajo mínimos. Y por mucho que se cuente, su voz se quiebra, y su segunda mirada se coloca en primer plano, a la espera de la revisión del sistema de alumbrado. Gusiluz se retira un poco del mundo para dejarse en paz y vivir todo lo que ocurre dentro de él, sin tener que hacer ningún esfuerzo por encender ninguna luz… (Por sonreír o alegrar al que está a su lado).

Pero no sabe él, que el que está a su lado, es porque le quiere, y consecuentemente, le ve en todos sus estados… Que querer no se quiere a medias, que, si se está para sonreír, también se está para sostener una «no-mirada», para escuchar una «no-palabra».

En estas le hablo de la magia que supone dejarse caer, descansar en lo que hay, vulnerabilidad, ese estado en el que todo tiene cabida y que es la mejor fuente de energía para recargarse, que la resiliencia sin compasión muy fácilmente se puede transformar en rendición.

Son cosas que ya sabe y, sin embargo, lo adorna tanto que le es difícil dejarse en paz.

Gusiluz, un héroe vestido de resiliencia.

Cuidador, un héroe vestido de compasión.

A todos esos héroes que andan con sus luces y sus sombras.

A todos esos momentos en que pueden poner una chispa de vida en el drama que andan viviendo.

A todos esos miedos que aparecen en esos momentos.

A toda esa valentía que aparece inmediatamente después, para seguir.

A todas esas capacidades que nos aparecen para llevar esta situación de la que ninguno estamos exentos, me inclino ante vosotros con toda la admiración de la que soy capaz y un respeto infinito por vuestros corazones valientes.

A mi Gusiluz particular, para que ande preparado por si alguna vez lo necesito, apelo a su valentía, si es que la tiene, y si no, como mínimo, a que se fije en cómo andáis haciéndolo para que aprenda de vosotros. Ejemplo de pura vida. Namasté.