La intersubjetividad requiere de un tú y un yo, que están a una altura parecida, y en contacto real. La sociedad actual trata de engordar la importancia del yo y de ocupar los espacios de intersubjetividad con verdades construidas e impuestas para obtener beneficio económico. La vinculación cada vez está más desplazada hacia objetos y virtualidad que amplifican ese yo y lo separan de su naturaleza real, y la pertenencia es relegada al mundo de la productividad. Con este paisaje enfrente, es momento de tomar conciencia, cuestionar lo establecido y comenzar a hacer cambios.

Introducción

Es interesante la invitación a hablar sobre la intersubjetividad en un contexto de individualismo feroz como el que nos encontramos. Qué gran idea. Me sorprendió y me interesó a partes iguales en el momento en que supe el motivo de la siguiente revista.

Yo hago, yo soy, yo muestro, yo pienso, yo estoy, yo, yo, yo, yo…

Me produce cierto mareo la repetición de este pronombre; te invito a hacerlo, en voz alta, desde tu lugar de lector o lectora. Con diferentes tonos. Sí, que parezca una parodia. Un esperpento. Una canción absurda.

En esto vivimos. Yo, por encima de todo lo demás. Tiempos difíciles para la intersubjetividad, que creo que requiere darle a un «otro» un nivel parecido de importancia al que doy al «yo». Requiere querer construir ese lugar común que existe cuando nos relacionamos, cuando nos vinculamos.

El caso es que esta sociedad del bienestar en la que vivimos se encarga de inculcarnos a sangre el precepto de que sí: tú, por encima de todo lo demás. Y no sin ningún interés. Si tú eres el centro, lo más importante, ¿cómo no vas a darte todos los caprichos que te ofrece la rueda del consumo? El viaje a Punta Cana, el nuevo coche, todas esas cremas eco para untarte de arriba abajo… Además, grítalo bien alto en tus redes, que todo el mundo lo sepa… (¿crees que realmente a «todo el mundo» le interesa tanto tu vida, tus opiniones, o solo se asoman para darle al like?).

Sí, estamos en la vida, entre otras cosas, para tomar de ella lo que nos gusta y disfrutarlo. Pero no estamos solos, y nuestros actos tienen consecuencias. He ahí el fallo: cuando el foco se pone únicamente en el disfrute egoico y se ignora que formamos parte de un ecosistema, que nuestro consumo ilimitado destruye el planeta o esclaviza a personas de otros lugares… pero oye, ojos que no ven…

En contextos más «intersubjetivos» es sencillo darse cuenta de esto. Me imagino las sociedades de cazadores-recolectores, donde lo que un miembro del grupo hacía tenía repercusión directa en los demás; donde cada uno era una pieza de ese engranaje para poder funcionar juntos; donde, si alguien sufría para que tú obtuvieras un beneficio, eras testigo de ello, quisieras o no. El contacto real estaba muy presente.

Sin irnos tan lejos, no hace falta viajar a lo ancestral para ver funcionamientos así. Muchos de nuestros abuelos y abuelas, criados en pueblos quizá poco comunicados, donde había que subsistir de la forma más autogestionada posible, entendían mejor lo que es «formar parte» y cómo lo que hacían influía en los demás.

Ahora estamos lejos de esto. Todo está descentralizado y cada vez más distante. Así es difícil entender cómo tus deportivas provienen del trabajo de un niño de ocho años durante más de diez horas al día, o cómo tus ganas de consumir pantallas se cargan campos de olivos para colocar dispositivos que generen electricidad. Además, al no ver todo esto en primera persona, te pueden contar que todo está bien, que tu forma de vida es cada vez más sostenible, y derivar tu atención a lugares de confusión en vez de despertar tu compasión.

Tiempos difíciles para la intersubjetividad, cuando el contenido de esta es arrebatado por los medios. Es un yo real frente a un tú condicionado, virtual, mediatizado, que impone de forma sutil e implícita sus preceptos. Poderosa, creo, es la intersubjetividad, similar —también creo—, al inconsciente colectivo del que hablan los psicoanalistas; por ello se trata de controlar.

En mi opinión, hay dos grandes temas que se relacionan con esta manipulación: la transformación y la separación. Comienzo por la transformación, la cual ya he nombrado anteriormente. Biológicamente, somos seres sociales. Hasta hace bien poco hemos funcionado como «parte de». Y esta identidad no siempre ha estado ligada al mundo productivo, como ahora.

Hemos sido parte de una aldea, parte de un barrio, parte de una quinta, parte de una familia… y esto nos llenaba de derechos y deberes frente a ese grupo social. Me vienen las historias de la aldea de mi abuela materna, en la que, si una madre no podía amamantar a su hijo, había otras tantas que lo hacían por ella. Eran parte del grupo de madres de ese pueblo y, como tales, actuaban. Mediados sus actos por el sentido común —y de comunidad— y sin intermediarios que les vendieran leche de fórmula. Sin dinero de por medio.

Ahora, la mayor identidad se está desplazando por completo al mundo de la productividad. Somos parte de una empresa; ay, qué orgullo: trabajo en equipo, team building. Habitualmente nuestra empresa —sea grande, pequeña, pública o privada—, nos hace sentir que estamos en familia. Que son tu familia. Y, a veces, te lo crees. Esta sensación tiene muchos beneficios de cara a tu productividad.

La otra identidad actual se construye en redes sociales y de forma virtual. Formo parte del grupo de familias del cole, aunque los haya visto diez minutos en persona este mes; formo parte del foro de crianza y hago preguntas tan íntimas que ni me atrevería a hacérselas a mi mejor amiga. Además, la identidad que me da mi Instagram, mi TikTok… soy una tía dura, soy un hombre interesante, soy un adolescente atrevido… muestro mi forma, basada en la imagen, ensayada, preparada, de decir las cosas… Espontaneidad, ¿dónde quedaste?

Y luego está el tema del sagrado vínculo: vincular, me vinculo. Se está diluyendo entre personas. Nuestros padres sabían vincular mejor que nosotros y nuestros abuelos, más aún. Habrá excepciones, pero socialmente así es. Las generaciones anteriores, por ejemplo, no podían no conocer a sus vecinos. Era algo impensable. Aunque votaran a partidos diferentes o vistieran diferente a ellos, eran vecinos. Y se vinculaban con ellos. Y existía esa red y esa comunidad palpable. Las relaciones no tenían esa sensación líquida con la que bregamos ahora. Sin vínculos, o con vínculos frágiles, ¿dónde queda la intersubjetividad?

Quiero destacar que lo que creo que se está diluyendo es la vinculación entre personas. El contacto humano. Que somos las grandes constructoras de ese espacio invisible y subjetivo que nace con una relación de tú a tú. De esas verdades colectivas que no podemos palpar y que tan poderosas pueden llegar a ser.

Desde hace un tiempo hasta hoy es más fácil vincularse a un objeto que a un ser humano. Yo misma tengo un vínculo muy fuerte con mi smartphone; ¿también os pasa? Es un objeto realmente adorable. Además, no hay posible conflicto: me recomienda vídeos y noticias muy acordes a mis intereses; si le pregunto a la IA cualquier cosa, me responde en base a la información que tiene de mí, con una respuesta familiar y cercana (me conoce tan bien…); me permite mostrar lo que quiero y a quién quiero; es discreto e indiscreto a la vez… pero soy yo quien tengo el control.

El yo prevalente.

Sí, me lame el culo. Y por eso es tan fácil vincularse con él.

Sí, sí, es muy útil para muchas cosas, pero no nos engañemos: hemos sobrevivido hasta hace bien poco sin él, y oye, sin problema. Ahora abusamos de él. Estamos adictas. Es una relación dependiente y de abuso. Y es con quien paso más horas al día. Y me da ansiedad si está lejos. Le toco más que a mi marido. Y me molesta menos que mi hijo. ¿Alguien se identifica con esto?

¿Qué intersubjetividad es posible si nuestros vínculos fuertes y estables pasan a ser con objetos o con la virtualidad? Pasamos a un mundo de autosubjetividad, donde lo que se construye entre dos es lo que yo quiero, como yo quiero y cuando yo quiero. Y yo, yo, yo, yo… (puedes cantarlo de nuevo si te surge). Y la tolerancia a la frustración se va acercando a cero; también la resiliencia, y todas esas capacidades relacionadas con la fortaleza en nuestras relaciones se deshinchan como un globo pinchado.

Entonces mejor me relaciono con quienes piensan como yo, o con las personas que necesito para alguna cosa —relación utilitaria—, o con quienes no me quitan tiempo de estar con mi smartphone. Con mi Netflix. Con esos mundillos y esos objetos que no confrontan. Controlables. Y vamos construyendo la autosubjetividad antes nombrada, en un concepto del mundo en el que somos cada vez más el centro. Cada vez necesitamos más objetos, más virtualidad y menos relaciones humanas face to face.

Autosubjetividad: véase el tipo de subjetividad que tiene que ver solo con lo que yo pienso, con lo que yo soy; que se centra en el propio ombligo y no cabe nadie más. La imagino como una montaña llena de mí misma —lo que me gusta, lo que me interesa, lo que pienso—, con una cima muy estrecha, en la que solo quepo yo (que a nadie se le ocurra venir a destrozarla con sus inter-tonterías…).

Ya desde que nacemos empieza mal la cosa. Hijos únicos, nietos únicos, sobrinos únicos nacen rodeados de juguetes, ropa, complementos… y una atención desmesurada. Se empieza a construir una idea del yo absurda, y la vinculación con objetos es muy destacada.

En fin. Quiero hablar ahora de esa segunda parte que nombré antes: la de separar. Divide y vencerás. «Máquina», uno; humanidad, cero. Así va el partido. Lo siento, me pongo desesperanzada. Hay excepciones. Y hay cambios a mejor. Pero mi sensación es que lo realmente amoroso, compasivo, saludable… va en contra de las imposiciones implícitas o explícitas de la sociedad; se aleja de los discursos oficiales.

Nos han separado de nuestra animalidad. Somos animales. Con nuestro cerebro reptiliano y límbico, que ha sobrevivido a años de evolución. Luego ya vino el neocórtex, lo racional, que es bastante «nuevo» en relación con las otras áreas cerebrales. Pero el patriarcado, en su lucha por sostener los privilegios en su justo lugar, se ha dedicado a hacernos creer en la primacía de lo racional. La del hombre blanco, hetero, etcétera… Si vive en un chalé, mejor. Y si tiene un Tesla, ya ni te cuento. Vamos, lo más lejano a la naturaleza posible, a los animales, a las plantas, por favor. Yo no tengo que ver con esos seres inferiores. El mundo está hecho para mí; yo no soy parte de este.

También estamos más lejos de nuestro «ser espiritual». Puro. El que necesita rituales, tradición, parábolas, trascendencia. Oración. Si quieres de eso, vete a la iglesia o paga no sé cuánto para hacerte el ritual de fin de año con gente que no conoces. De nuevo, todo mediado por un negocio o una jerarquía donde unos deciden qué es lo intersubjetivo (¿lo «suprasubjetivo»? ¿Cómo se dirá cuando el resultado de la interacción no es algo horizontal, sino vertical?).

Aldea de Ourense.

Total, que a distancia de nuestro cuerpo y de nuestra alma nos queda la confusión… Mirar por encima al resto de la tierra y mirar con extrañeza las manifestaciones del espíritu…

Quedamos en la cima, sí, rodeados de nadie. La montaña de la autosubjetividad. El ego destaca sobre todo lo demás. Torpes en la vinculación y con una idea desmesurada del yo.

Esta separación se manifiesta en algo culturalmente presente también: una separación no solo interna, con nuestra naturaleza social y animal, sino externa. Sembrando desconfianza. Un punto más para dificultar las vinculaciones. «No te fíes ni de tu padre». Ay.

Y así, transformados en seres que no somos y separados del resto y de nosotras mismas, somos carne de cañón para el individualismo feroz. O tú o yo. Nada de nosotros. Qué obsoleto. A no ser que vayamos a hacer team building, claro. Si hay dinerín de por medio, me falta tiempo para vincularme (ay, ay, que somos terapeutas…).

Mi padre tiene 91 años y nació y creció en una aldea de Ourense. Antes de que la demencia se lleve del todo sus recuerdos, voy exprimiendo esas historias de infancia que me fascinan. No solo las suyas: trabajo desde hace tiempo con personas ancianas. De verdad, me parecen los auténticos aborígenes de hoy en día; sí, esos a los que iban los antropólogos a estudiar a tierras lejanas. Ahora están entre nosotros. Lo malo es que se van yendo.

Te invito a coger una grabadora —o venga, vale, el smartphone—, y hacer preguntas sobre la vida a esos aborígenes. A tu abuelo. A tu vecina. Cómo subsistían, cómo se divertían, cómo nacían y cómo morían… Que no se pierda esa información. Que a lo mejor un día tengamos que tirar de esos conocimientos para sobrevivir. (Seré agorera… ¡si va todo fenomenal en esta sociedad del bienestar!)

Me hablan de autogestión, soberanía alimentaria,
partos respetados y convivencia vecinal.

Total, que les hago preguntas. A mi padre y a las personas ancianas con las que trabajo. Y si provienen de un pueblo más aislado y con menos contacto con la «máquina», mejor. Y me hablan de autogestión, soberanía alimentaria, partos respetados, convivencia vecinal, trueque, bancos del tiempo, ayunos intermitentes, comida bio y ecológica, remedios naturales, comunidades compasivas, muertes respetadas, cuentacuentos, juego libre, reparto de los cuidados, huertos colectivos, tribu, respeto a los biorritmos, consumo responsable, coliving, las tres R (reducir, reutilizar, reciclar), etc.

Y todo eso sin nombrecitos. Y construyendo constantemente intersubjetividad, sin intermediarios y a la misma altura.

Vamos, que muy diferente del aquí y ahora. Tendrían sus cosas, desde luego. Y sus violencias, y sus desencuentros. Pero, por un lado, son mucho más difíciles de combatir las violencias sutiles de nuestra cultura y, por otro, tener que estar mano a mano con tu suegra en la crianza de los hijos… desde luego, qué putada. Y, a la vez, sacas recursos y resiliencias para salir airosa de la situación. O no… pero siempre me gustó eso de que lo que no te mata te hace más fuerte.

Es una comparativa, sí. Me gusta comparar, es algo caracterial. Y soy de esas personas que miran el pasado con nostalgia. Y que están conectadas con la rabia. No sé si tengo o no razón, pero este es el lugar desde el que escribo.

Volviendo a la intersubjetividad: es también, en mi opinión, una especie en extinción. La auténtica, la pura, la que nace del contacto real entre personas. ¿Estará siendo controlada para ser siempre mediada por un interés económico? Si la verdad construida es que en Navidad hay que comprar hasta morir, se hace. Ya está en nuestro inconsciente colectivo ese mandato, y da buenos beneficios.

Preguntándole a Google sobre la intersubjetividad —porque ahora se pregunta a Google (o a ChatGPT) en vez de a Dios, o en vez de reflexionar, o en vez de mirar en la biblioteca, o en vez de charlar sobre ello con la persona de al lado—,dice este que la intersubjetividad es la capacidad de reconocer y compartir los estados mentales y emocionales de otros, así como la interacción y el acuerdo entre individuos sobre la verdad de un enunciado.

Es un concepto fundamental en filosofía, psicología y otras disciplinas que estudian la comunicación y el entendimiento entre personas. Por lo visto, la respuesta está generada con IA. Por favor, ¿podéis preguntarle vosotras también? ¿Os responde lo mismo? Simple curiosidad.

Ahora voy al contenido en sí.

«Reconocer y compartir los estados mentales y emocionales de otros». Empezamos mal. El «otro» cada vez es más virtual, cada vez es más objeto, cada vez es más líquida la relación, más superficial. La incomunicación en la era de la comunicación. Para troncharse.

Seguimos el análisis. «Así como la interacción y el acuerdo entre individuos sobre la verdad de un enunciado». ¿Por qué se habla de la verdad? Dice Yaqui Martínez, en su entrevista La intersubjetividad, una perspectiva existencial, que «aquello que podemos llamar experiencia es siempre co-construida». Esa es la verdad: la que se construye entre varios puntos de vista. Comulgo con la idea de la interacción; creo que ahí está el quid de la cuestión intersubjetiva, se llegue o no a un acuerdo.

En estos tiempos de verdades impuestas, externas, «expertas», creo que está bien volver a reconstruir la verdad entre iguales: amigos, vecinas, familia. Interaccionar. Intersubjetivar. Darle a la sin hueso con alguien a quien puedes tocar y oler.

Trayéndolo a casa, y ya finalizando la chapa, algo se puede hacer desde las profesiones de ayuda para «ayudar» a que la intersubjetividad siga existiendo, auténtica y valiosa. Apropiarnos de ella. Recuperar su soberanía. También podemos dedicarnos a ello fuera de nuestra profesión, como simples seres humanos.

Bajarnos de la montaña. Sentir nuestro ser animal y espiritual. Vincular con solidez (¡cuánto riesgo!). Formar parte de lo palpable. Vivir para ser, en vez de para mostrar. Observar con firmeza y amor la repercusión de nuestras decisiones. Aflojar el yo. Cuestionar. Practicar la intersubjetividad como arma de defensa de la igualdad y seguir construyendo verdades que hagan algún bien en este nuestro humilde paso por la vida.