De una vez por todas
Faustina Hanglin
A la memoria de Claudio Naranjo
La fiesta del pueblo empezó a las nueve de la noche, como cada agosto. El alcalde leyó el pregón. Aquel había sido un año particularmente feroz debido a la falta de suministros, lo cual había favorecido un estado generalizado de nerviosismo. La celebración del vino permitiría a la población desahogarse, y dar rienda suelta a sus frustraciones y penas. El gentío, tirante por la expectación, se agolpó alrededor del alcalde, los ojos anhelantes en busca de la luz que emanaba de las antorchas, penetrando por el camino de la iglesia hasta el patio trasero donde los naranjos rodeaban las mesas. Apenas se acabaron de pronunciar las palabras que inauguraban la fiesta, las gentes se apresuraron a llegar hasta el patio, acomodándose alrededor del vino, el pan y la carne.
La comida y la bebida se instalaron en un silencio que revelaba un profundo cansancio, repleto de chasquidos, eructos y tintineos. A medida que las botellas se vaciaban, las mujeres ampliaban sus carcajadas y los hombres estiraban el cuello en busca de una boca que desmintiera su recato. La niña había aprovechado la fiesta para escapar de las cuatro paredes que la confinaban en una familia opresiva, donde faltaba el padre y sobraban problemas. Se coló por detrás de la iglesia, bordeando el patio y rodeando las mesas, para hacerse con una hogaza que mojó en aceite. Los comensales parloteaban alegremente, y el alcalde, con una jarra de alcohol en la sangre, tomó la guitarra y se lanzó a por una ranchera de versos campesinos. Los asistentes de la alcaldía se pusieron en fila, entonando el estribillo, y la secretaria se alzó la falda dejando ver una rodilla huesuda. Mostraba sus pliegues el cuello almidonado de la primera asesora mientras caía el blanco calcetín del consejero principal. Se encendió una mecha de canciones espontáneas, con más o menos tino y tono. Un joven en delantal pidió prestada la guitarra y arrancó a caminar alrededor de la fuente. Arrastró las piernas por la arena, empujando los talones y adelantando la pelvis, emulando las cuitas de los gallos. Las mujeres empezaron a separar las rodillas, levantando la barbilla y abriendo los tobillos, dejándose danzar con las palmas abiertas, los dientes apuntando a la luna que alumbraba la noche.
La niña observaba la escena con espíritu curioso, reconocía a aquellas gentes de las calles del pueblo. El cura y la monja, de pie junto a la iglesia, con sus hábitos bien planchados y las manos muy quietas, habían ofrecido sacramento cuando murió el padre. Al alcalde, presente en todos lados, era imposible no verlo. Caminaba con la cabeza gacha, murmurando por lo bajo y deteniéndose en cada esquina para recoger peticiones y quejas. De las mujeres, la mitad trabajaban en servicios municipales y comercios locales, la otra mitad vivía encerrada en sus casas. Alrededor de las mesas pululaban seres que la niña solo había visto de lejos y que en ocasión de la fiesta se mostraban, agitándose como polillas alrededor de una lámpara.
La noche se desprendió de los últimos hilos del día. La luz, más densa en el centro del patio, se difuminó en los contornos. La niña pudo ver cómo descendía un tono frío sobre algunos rostros, que se perfilaron con tintes negros, pardos y violetas. Un olor fétido penetraba desde las cuadras, donde descansaban vacas, cerdos y caballos. En los establos humeaban los orines al contacto con montones de excrementos. Las gallinas entraban y salían de un sueño intermitente, agitadas por la inusual algarabía del pueblo.
La niña aprovechó el ecuador de la noche para rodear el patio, donde vio a dos chiquillos que jugaban lejos de las mesas. Otra niña, traviesa y pecosa, disfrutaba tirando piedras a los platos y alborotando las cosas. La niña pasó corriendo por delante de la pequeña antagonista, evitándola por miedo a ser molestada. Tras escaparle a la pecosa, se topó de frente con un niño de edad imprecisa, vestido con un peto heredado que le quedaba corto y descubría los tobillos puntiagudos, aprisionando los diminutos testículos. El niño la miró con ojos muy abiertos, como si fuera un espectro. La niña se sintió atravesar por aquella mirada aterrada, que la miraba sin verla. Sintió miedo. Huyó espantada hasta el exterior del patio donde corría el aire y se podía escuchar el viento. Se sentó sobre una piedra y hundió los pies descalzos en la hierba, embarrándose los dedos. Respiró en silencio, mientras se acostumbraba a la oscuridad que ganaba terreno en los contornos, al borde del campo abierto.
Tardó en recuperar el aliento. La humedad del barro y el silbido del viento la informaron: seguía viva. Sintió el frío recorrerla entera, invadiéndola por la columna vertebral hasta cubrir el rostro con un velo de sudor. Mientras el viento secaba lo mojado, la luna abrió un surco, donde un burro dormitaba en calma. La niña se acercó al hocico blanco del equino, rozando con la nariz su morro bigotudo. Olió el cuero vivo. El burro abrió los ojos dóciles, enzarzados en un puñado de pestañas blancas. La niña miró al fondo de las pupilas donde se desplegaba su anhelado porvenir, hecho de flores, zumbidos de abejas y riachuelos de agua fresca. Se dejó cobijar por el calor del bicho, mientras el viento barría sus miedos e insuflaba vitalidad a sus huesos. El burro golpeó al aire con el rabo, espantando una mosca molesta, y la niña volvió en sí. Se despidió del animal con una caricia y caminó hasta el patio, donde la noche seguía con su sucesión de entuertos.
Enseguida notó que el alcalde y su séquito se habían retirado. El patio estaba cubierto por un manto de estrellas. Solamente la noche gobernaba a las gentes, acogiéndolas con incondicional benevolencia. Vio a algunas mujeres en el suelo, estiradas sobre los escalones y en las aceras, fumando con la mirada perdida y las piernas entreabiertas. Corrió alrededor del patio reconociendo los rostros que se revelaban. Descubrió a la mosquita muerta convertida en ninfómana, restregando el pubis contra un macho rebosante de desprecio, a la empleada ejemplar enseñando los dientes a trescientos sesenta grados, a la felizmente casada atrayendo para sí a un jovencito hambriento cual planta carnívora que atrapa un mosquito despistado. Vio a las putas, a las tóxicas y a las vagabundas. Todas liberando al unísono un museo oculto a la ordenación diurna. Muertas en vida resucitaban en rostros deformes, que se carcajeaban de en su fealdad, devorados por su propia voracidad y consumidos por el odio. La niña se extrañó frente a la abrupta manifestación de fuerzas telúricas. Ralentizó su andar hasta acostumbrarse al fenomenal espectáculo que se desenvolvía frente a ella. En lo alto de la escalinata que llevaba a la iglesia, apareció una sacerdotisa que bamboleaba las caderas, con la vulva hinchada palpitando bajo el vestido de seda. Sus ojos verdes proyectaban rayos de energía gatuna, el gesto ondulante de los brazos invitando al elegido a entrar en la sagrada cueva, acogedora como un delta al cual van a parar necesariamente todos los ríos. La niña quedó hipnotizada por la belleza que brotaba. Contempló sobrecogida el misterio femenino hecho de huesos, músculo y sangre, un sagrado palpitar que se renace a sí mismo, rezo entregado al fondo oscuro. La niña supo sin saber que lo que estaba presenciando era el misterio de la vida misma, la otra cara de la moneda, aunque no entendiera cómo se había realizado el milagro, ni quién había desatado el nudo.

Perpleja, se dejó caminar hasta encontrarse con una anciana que leía el oráculo, una vieja ciega y enjuta, con el pelo cano pegado el cuello. La niña le preguntó por su destino. La anciana escuchaba mal, por exceso de ruido y falta de oído. La niña tuvo que repetir la pregunta: «¿Cómo irá todo?». La anciana replicó, sorprendida: «¿Qué cómo irá todo?». Se mantuvo en silencio unos segundos, retuvo la respiración y alzó la cabeza atendiendo a la voz de la Providencia, levantó los brazos y, llenándose los pulmones, lanzó una fórmula de esperanza: «¡Bien, todo irá bien!». La anciana sonreía satisfecha y la niña rio, botando de júbilo y gritando: «¡Todo irá bien! ¡Ha dicho que todo irá bien!». Corrió dando saltos de alegría entre la gente que se amontonaba en parejas, tríos y cuartetos, lamiéndose el cuello, arqueando la espalda, mordiéndose los muslos, levantándose mutuamente las nalgas a horcajadas.
Se aventuró entre el gentío. La noche desplegaba su misterio y los personajes desfilaban frente ella. Se encontró con los seres del submundo: pordioseros, vagabundos, marginales y portadores de múltiples daños. Un hombre encorvado se le acercó ocultando el rostro. Con la mano traslúcida medio cerrada, demandaba algo. La niña no entendía. Abrió las palmas y se levantó el borde del vestido, descubriendo las rodillas, para mostrar que no poseía nada. El mendigo alzó el mentón y le exigió, gritando: «¡Dinero, dame dinero!». La miró desafiante y la niña pudo ver en el rostro anguloso un par de ojos de extraña belleza. Sin pensar, llevada por un impulso repentino, dijo: «¡Un beso! ¡Puedo darte un beso!». Henchido por la ira, el mendigo se engrandeció en un movimiento rápido y se retrajo inmediatamente como un témpano,
levantando el brazo y expulsando a la niña: «¡Lejos de aquí, niña del demonio! ¡Fuera!».
La niña se retiró, atemorizada. No entendía qué había hecho para enojar al mendigo. Llegó hasta los límites del patio, donde dominaban los chulos, los macarras y los cacos con navaja. Observó cómo golpeaban a una pordiosera. Los vio humillar a una madre de arrabal y patear a un sintecho. Hombres sesgados, con el rostro partido a la mitad, las cejas cayendo sobre los ojos como barrotes de una prisión. La pequeña se sumergió en una profunda incomprensión, quedó suspendida en la incredulidad, al borde del espanto. Al amanecer, escuchó los gritos desgarradores de una mujer y corrió hacia un vericueto del patio. En el negro rincón donde brillaban los incisivos puntiagudos del cura y el fulgor de sus ojos sedientos, escuchó el ruido seco de los golpes de cadera y vio desparramarse el pelo rojo sobre los adoquines.
La chiquilla se alejó corriendo, pasó donde una pordiosera, tirada al lado de la fuente, pedía monedas. De nuevo mostró sus palmas abiertas. Gritó en voz alta, esperando que la oyeran: «¿Alguien tiene dinero para esta mujer?». Nadie contestó. Entonces, la niña señaló a una sirvienta que limpiaba zapatos y a una curandera que vendía hierbas. «Trabaja», le sugirió a la pordiosera. «¿Ves? ¡Trabaja!». A la pordiosera se le desencajó el rostro y sacudió la mano como había hecho el mendigo: «¡Fuera niña, largo de aquí!».
La chiquilla escapó dando tumbos por el patio, hasta llegar a un porche con columnas donde un chulo discutía con su puta. Ella acababa de patear al aire y escupir al suelo, agitando su lengua viperina y esparciendo veneno alrededor del macho. El chulo tenía el rostro atravesado a causa de una furia vengativa. «¡Ahora sí te conozco, perra!», gritó. El chulo y la puta giraban en círculos, gruñéndose recíprocamente. La chiquilla salió corriendo otra vez, hasta quedar agotada. Se sentó en un escalón juntando las rodillas. Vio a lo lejos una mujer con el torso desnudo y los pechos pintarrajeados con consignas antipatriarcado que vociferaba contra un hombre petrificado. Sus gritos inútiles reverberaban en el patio, donde unos se entregaban a los impulsos, otros dormían la borrachera y algunos permanecían de pie, deambulando con las manos adelantadas y la mirada inexpresiva, los ojos vueltos hacia arriba y hacia atrás. Eran los bobos, los tontos, los torpes. La niña observó a una mujer que tenía aspecto de bebé pasmado. Avanzaba como un caracol que se desplaza por la tierra árida, entregando fervorosamente su humedad para trazar un camino improbable del cual quien sabe Dios fuera el testigo. Tampoco la torpe con el pantalón del revés, toda manga por hombro y todo objetivo por misión imposible, parecía actuar bajo las normas de un gobierno razonable, sino según leyes secretas que a la niña se le escapaban y que intuía incuestionables, tan necesarias como la guía que sostiene a la torre erguida. Pudo ver la inocencia del tonto que retuerce la lengua para ser el niño bonito de su madre. La gracia en una boba moviendo la cabeza en diagonal, en busca de informaciones secretas. «¿Jugamos?», le preguntó la boba, sin preámbulo. La niña respondió, asintiendo con la cabeza: «¿A qué te gusta jugar?». La boba tardó en rescatar las palabras de una mente preñada de quebradas: «A todo y nada. ¿Vienes a mi casa?». La niña respondió acorde a la prohibición materna: «No puedo». La boba ladeó la cabeza, dejando caer la mandíbula con la mirada en otro mundo: «¡Ah!». Se instaló un vacío y, tras un silencio incómodo, la boba se alejó sin despedirse.
La niña, que hubiera querido jugar, se adelantó hasta llegar al pie de la iglesia. Subió los escalones y accedió al templo, donde la bóveda abría espacio a la magnificencia divina y las alfombras rojas anunciaban la pasión. Avanzó hasta el altar donde un joven languidecía en la cruz. La niña leyó el sufrimiento de pies a cabeza: los empeines atravesados, las muñecas quebradas, las palmas encogidas alrededor del clavo, el rostro torturado y el pecho hundido, las caderas entregadas a un sacrificio atroz. La chiquilla se acercó al Cristo y, a continuación, le acarició las piernas, le dio suaves toques en las rodillas y el esternón, sentía su piel resbalar sobre la carne encerada, la sangre calentándose
al contacto con sus dedos. Lo regó de besos repitiendo la única fórmula que conocía mientras iba de la boca al pie, de la boca a la rodilla, de la boca al vientre, al pecho y a la mejilla: «sana, sana, colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana. Sana, sana, colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana». Alcanzó la altura del tórax y escuchó atentamente, apoyando la oreja en las costillas del hombre. Pudo discernir un sonido vibrante, la voz viva del Cristo, lanzando una pregunta: «¿Cuál es tu número, niña?». La niña se quedó pensativa. «No tengo», respondió. El Cristo volvió a preguntar: «¿Cuál es tu número, niña?». «¡No tengo! ¡No tengo número!», insistió ella, impaciente. Por toda respuesta, el Cristo se encendió como una cerilla, soltó una carcajada que le abrió el rostro con chispas de locura divina,
y entregó a la niña una receta infalible: «Cógelos todos, niña, toma cada uno de los números y libérate. ¡Vive de una vez por todas!».
Volvió al patio, donde el día avanzaba sin miramientos, mordisqueando los adoquines donde las almas perdidas se acunaban entre ellas. Una garza de piedra reinaba en el centro de la fuente seca, alzando el pescuezo al cielo en un gesto petrificado. Dios sabe cuántas cosas habría visto y cuántos secretos guardaba. La niña se dio la vuelta y abandonó el recinto donde rebotaban las palabras del hombre crucificado: «¡Liberaos! ¡Vivid! ¡Vivid!».
Escritora, gestaltista de orientación corporal y docente. Se ha especializado en el trabajo con los sueños, la escritura y el cuerpo. Imparte anualmente su curso La escritura en terapia, en el ITG de Valencia. El relato «De una vez por todas» es un ejercicio de integración a partir de la improvisación teatral dirigida por Francis Elizalde en el SAT 1 de Pilas, que tuvo lugar en agosto de 2023.


